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Antonin Artaud nació en Marsella en 1896. Aunque es muy conocida su obra como poeta, dramaturgo y ensayista, se le recordará sin duda como el creador del llamado teatro de la crueldad, que ha influído en autores como Fernando Arrabal, David Mamet, Alejandro Jodorowsky o, en menor medida, en el reciente premio nobel Harold Pinter. Artaud lo describía como

Aquel que apuesta por el impacto violento en el espectador. Para ello, las acciones, casi siempre violentas, se anteponen a las palabras, liberando así el inconsciente en contra de la razón y la lógica.

Antonin Artaud

Antonin Artaud

Se cuenta que una vez, durante una representación teatral de su obra “La plaga”, empleó sonidos tan reales que hizo vomitar a gran parte del auditorio. En esa búsqueda de lo irracional, de una comunicación más perfecta que la del lenguaje, y tras el fracaso de su obra “Los Cenci”, le pareció lo más acertado marcharse a la Sierra Maestra mexicana para convivir con los indios tarahumara. Allí experimentó con el peyote y los hongos alucinógenos que las tribus utilizaban en sus danzas para comunicarse con Dios. El fruto de estas experiencias, que fueron registradas entre los años 1936 y 1948, se materializaron en su obra “Peyote Dance”, donde Artaud nos revelaba que en su convivencia, el sentido del espacio o de la geografía había sido alterado y “todo allí parecía representar alguna experiencia anterior”. Pudiera pensarse que quizá entonces encontró esa forma de comunicación dotada de sentido, liberada de las limitaciones verbales.

Algo más intensivas, aunque quizá con menos pretensiones académicas, fueron las experiencias de los siguientes protagonistas, que quedan encuadrados en la llamada Generación Beat. El término surge durante una conversación entre Jack Kerouac y John Clellon Holmes en 1948, y a finales de 1952, apareció en el New York Times Magazine un artículo de John Clellon Holmes titulado “This is the Beat Generation” que captó la atención del público.

El grupo inicial estuvo formado por Jack Kerouac, Neal Cassady, William Burroughs, Herbert Huncke, John Clellon Holmes y Allen Ginsberg y su aparición revitalizó la escena bohemia cultural norteamericana. Se implicó en los movimientos juveniles de aquella época (On the Road -En el camino, 1957- de Kerouac, asumió carácter de manifiesto universal de una juventud que quería huir de lo establecido), y fue absorbida por la cultura de masas y por la clase media hacia finales de los años cincuenta y principios de los sesenta. Si algo caracterizó a este grupo, fue la búsqueda de una liberación espiritual que se manifestó a través de la liberación sexual, del consumo de diversas drogas, y de su afición al jazz, que de algún modo reflejaba esa idea del artista solitario y torturado, evocadora quizá de la imagen de Rimbaud, y que caracterizó a sus componentes.

William S. Borroughs experimentó con casi la totalidad de las drogas estupefacientes y alucinógenas conocidas buscando nuevos o diferentes caminos a la percepción y expresión verbal. Su primera obra fue yonqui, una novela que es casi un tratado sobre la drogadicción, pero la que le haría más famoso sería el almuerzo desnudo, censurada durante algún tiempo en los Estados Unidos bajo la acusación de pornografía. Esta obra emplea con intensidad el monólogo interior y la escritura automática, y carece de una estructura convencional en modo de planteamiento, nudo y desenlace. En palabras de su autor: “No pretendo imponer relato, argumento, continuidad… En la medida en que consigo un registro directo de ciertas áreas del proceso psíquico, quizá desempeñe una función concreta… no pretendo entretener”

Allen Ginsberg fue el poeta más destacado del movimiento beat y su poema Howl (aullido), un himno para su generación que vendió más de 700.000 ejemplares a pesar de su censura por obscenidad. Empieza así:

Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas,
arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo,
hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial con el estrellado dínamo de la maquinaria nocturna,
que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando jazz,
que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo el El y vieron ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos iluminados,
que pasaron por las universidades con radiantes ojos imperturbables alucinando Arkansas y tragedia en la luz de Blake entre los maestros de la guerra,
que fueron expulsados de las academias por locos y por publicar odas obscenas en las ventanas de la calavera,
que se acurrucaron en ropa interior en habitaciones sin afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando al Terror a través del muro,
que fueron arrestados por sus barbas púbicas regresando por Laredo con un cinturón de marihuana hacia Nueva York,
que comieron fuego en hoteles de pintura o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o sometieron sus torsos a un purgatorio noche tras noche,
con sueños, con drogas, con pesadillas que despiertan, alcohol y verga y bailes sin fin…

Los alegres bromistas

Los alegres bromistas

No me extenderé mucho más, porque el post sería interminable, pero a pesar de no ser un miembro del grupo, también merece mencionarse por su afinidad con él a Ken Kesey. Su obra Alguien voló sobre el nido del cuco fue un producto de sus experiencias de voluntario, de cobaya humana, para los primeros experimentos que se realizaron con LSD. Y debió de agradecer su experiencia al gobierno estadounidense, ya que al poco constituyó con sus amigos el grupo los “Alegres Bromistas” que fue pionero en la experimentación lúdica y espiritual con LSD y marihuana. La pandilla se dedicó a recorrer el país en un autobús, y los Grateful Dead solían acompañar las sesiones abiertas de consumo con un concierto improvisado de su música psicodélica.

Un post aparte merecería Aldous Huxley, el autor de Un mundo feliz (1932). Hay quien afirma, y yo estoy de acuerdo, que su libro llegó mucho más lejos que el 1984 de Orwell en la presentación de una distopía en la que el gobierno asume el control total de sus ciudadanos. No es de extrañar el protagonismo de una droga denominada “soma” en la novela, ya que Huxley demostró siempre un vivo interés en el progreso de la química y sus posibilidades. Aunque siempre desde una perspectiva mucho más científica que la de los escritores de la generación beat, experimentó con asiduidad con drogas como la mescalina o el LSD. Su ensayo Las puertas de la percepción (1954), fue un referente para los interesados en la experimentación con alucinógenos. En su lecho de muerte, tal como le dejó indicado, y siendo fiel a sus principios, su mujer le administró un par de dósis de ácido lisérgico para su viaje final.

Puede que el autor moderno de más reconocimiento que haya admitido abiertamente su consumo de drogas sea Philip K. Dick, autor de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y cuya adaptación al cine daría lugar al clásico de la ciencia ficción Blade Runner. Él aseguraba que escribió toda su obra anterior a 1970 bajo la influencia de las anfetaminas (de las que también era asiduo consumidor Jean Paul Sartre). Es curioso que, a pesar de que dijo no haber consumido esa sustancia hasta más tarde,  la revista Rolling Stone le atribuyó haber escrito “la novela LSD por excelencia de todos los tiempos”, Los tres estigmas de Palmer Eldritch. Quizá se debió a la estructura, que jugaba con varios planos de realidad e irrealidad. Dado que a su abuso de sustancias estupefacientes habría que añadir la preexistencia de problemas psicológicos desde la infancia, no es de extrañar que en un momento de su vida comenzara a experimentar visiones. En una ocasión, Dick proclamó incluso que había comenzado a vivir una doble vida: una como él mismo y otra como Tomás, un cristiano perseguido por los romanos en el siglo I d. C.

Y con esto termino. La verdad es que ha sido bastante trabajoso recopilar esta información, y seguramente algo tedioso para el lector de intenet leerla en una pantalla retroiluminada, conque a aquel que haya llegado hasta el final, le prometo más brevedad en las próximas entradas.

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Cuenta la historia que Cleopatra solía hacerse preparar un vino mezclado con opio, y que Alejandro Magno, allí donde llegaban sus ejércitos, hacía plantar campos de amapolas. Si bien el empleo de diferentes drogas en distintos pueblos y en distintas épocas ha sido algo habitual, podríamos aventurarnos a decir que existe un gremio que ha hecho un uso especialmente intensivo de ellas: El de los artistas; y quizá más que ningún otro grupo entre ellos, el de los escritores.

De ninguna manera pretendo transmitir la idea de que exisitiera un uso generalizado (aunque sí en alguna época y lugar como por ejemplo durante el romanticismo inglés, como luego veremos) o que éste no se practicara en otros gremios, pero me ha parecido especialmente interesante su relación con la literatura porque de una disciplina artística se esperan creatividad, evocación e innovación en el uso de las perspectivas y los puntos de vista, y existe un paralelismo evidente entre estas experiencias y las que puede proporcionar un estado alterado de conciencia.

Lo cierto es que el uso de las drogas nunca ha estado tan perseguido como en la actualidad, si obviamos su consumo en las sociedades chamánicas. Resulta extraño que durante el franquismo, acercándote a una simple farmacia, pudieras adquirir anfetaminas o morfina. O que hasta la república no hubiera problema en promocionar la cocaína en forma de distintos derivados. Curiosa es por ejemplo esta cuña de radio de 1933 que incentiva el consumo de esta sustancia mediante publicidad indirecta, ya que se acababa de legislar su prohibición:

La propia frase de Marx “La religión es el opio del pueblo” se ha maliterpretado y se le han incorporado connotaciones negativas que no tenía en su origen, cuando el consumo de opio era recetado por médicos como un alivio al sufrimiento.

Aquelarre - Francisco de Goya

Aquelarre - Francisco de Goya

Por ejemplo, Goya, a partir de una receta de láudano que intentaba tratar la dolencia que le llevó a la sordera, se convirtió en un opiómano, y hay quien atribuye a la adicción su misteriosa época negra. Pero puede que me haya excedido ya con la introducción.

Thomas de Quincey (1785 – 1859) se aficionó al opio en su juventud y la adicción, contra la que más tarde intentó luchar, le acompañó toda su vida. Dejó como prueba de su experimentación la famosa biografía Confesiones de un inglés comedor de opio. Se le atribuye un estilo excepcionalmente original para su época y una fantasía subversiva que chocó con el buen estilo de la burguesía inglesa. Escribe:

Aquí estaba, descubierto de un golpe, el secreto de la felicidad sobre el que disputaron los filósofos a través de las edades; la felicidad podía comprarse por un penique y llevarse en el bolsillo del chaleco, los éxtasis portátiles encerrarse con un corcho en una botella de medio litro, la paz del alma transportarse por galones en coches de correo.

Su obra y su relación con el opio influenció enormemente a escritores como Baudelaire o Edgar Allan Poe (algunos de cuyos personajes también la consumen), y junto con el poeta Coleridge, consumidor desde los 8 años, introdujo la relación entre droga y literatura entre los intelectuales de su siglo. Practicamente toda la generación romántica inglesa consumió opio y podemos destacar a Wilkie Collins, a Charles Dickens o a John Keats. Pero la lista de consumidores en el resto de Europa es también extensísima e incluiría por ejemplo a Goethe, a Pushkin o, ya más tarde, a Tolstoi o a Nietzsche. Este último, en realidad consumió morfina, un derivado del opio, y bajo sus efectos produjo “Así habló Zarathustra”.

En 1860, Baudelaire publicó el ensayo “Los paraísos artificiales”, en el que reúne una serie de artículos sobre sus experiencias con el alcohol, el opio, y algunos derivados del cáñamo. Considerado un gran vehículo de propaganda del hachís, el libro reavivó la preocupación de la iglesia por la posibilidad de que una planta pudiera ahorrar el valle de lágrimas que debe padecer el buen cristiano. Así, dice Baudelaire: “¿Qué sentido tiene trabajar, labrar el suelo, escribir un libro, crear y dar forma a lo que fuere, si es posible acceder de inmediato al paraíso?”. La iglesia debía de haber culpado a los ejércitos de Napoleón que, tras la conquista de Egipto, introdujeron en Francia las primeras partidas de hachís. Baudelaire fundó junto con Alejandro Dumas, Honoré de Balzac y Victor Hugo, entre otros artistas, el “Club de comedores de hachís”, que se reuniría regularmente entre 1844 y 1849.

El título del ensayo de Baudelaire se utiliza en la actualidad para referirse al uso de cualquier droga con el objeto de incentivar la creatividad artística y la invención de imágenes, pero ya Ramón del Valle Inclán lo emplea en su poema La pipa de Kif:

¡Verdes venenos! ¡Yerbas letales
De paraísos artificiales!

A todos vence la marihuana
Que da la ciencia del Ramayana

¡Oh marihuana, verde neumónica,
Cannabis índica et babilónica!

Abres el sésamo de la alegría,
Cáñamo verde, kif de Turquía

Yerba del viejo de la Montaña,
El Santo Oficio te halló en España.

Yerba que inicias a los fakires,
Llenas de goces y Dies Ires.

¡Verde esmeralda – loa el poeta
persa – tu verde vistió el profeta!

(Kif – yerba verde del persa – es
el achisino bhang bengalés.

Charas que fuma sobre el diván,
Entre odaliscas, el Gran Sultán)

Aunque de menor valor literario, resulta especialmente curioso el caso de Sir Arthur Conan Doyle , que alternaba el consumo de cocaína inyectada con el de morfina. El escritor proyectó este hábito en el personaje que le hizo inmortal, Sherlock Holmes. Así, en El signo de los cuatro, Watson relata la siguiente escena:

Una vez y otra había yo dejado constancia de mi promesa de que diría todo lo que pensaba acerca de ese asunto; pero las maneras frías y despreocupadas de mi compañero tenían un algo que lo hacían el último de los hombres con quienes uno siente deseos de tomarse nada que se parezca a una libertad… aquella tarde tuve la súbita sensación de que no podía aguantarme por más tiempo, y le pregunté:
-¿Qué ha sido hoy: morfina o cocaína?…
-Cocaína, en disolución al siete por ciento. ¿Le agradará a usted probarla?
-De ninguna manera -contesté con brusquedad-. Mi constitución física no se ha repuesto por completo aún de la campaña de Afganistán. No puedo permitirme el someterla a ninguna tensión anormal…

Publicidad del vino Mariani

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Aunque su consumo fue más casual y no se tiene constancia de que fuera empleado como vía de búsqueda literaria, merece reseñarse una invención de 1863, el Vin Mariani. El químico corso Angelo Mariani inventó una bebida que contenía vino y extracto de hojas de coca, y que producía un efecto estimulante aún más potente que el de la cocaína. Tuvo un gran éxito entre los artista e intelectuales europeos del momento y así, contamos entre sus seguidores a escritores como Emilé Zolá, Julio Verne o Henrick Ibsen.

Mucho más dramático fue el caso de Jacques Vaché, considerado por André Breton como el iniciador del surrealismo. Una sobredosis de heroína acabó con él en 1919, a los 24 años de edad, dejando como único legado una serie de cartas que André publicaría bajo el título de Cartas de guerra. Muestra de su carácter es la anécdota que relata que en 1917, vestido con un uniforme del ejército británico y empuñando una pistola, irrumpió en el teatro en el que se representaba Las tetas de Tiresias de Guillaume Apollinaire, amenazando con disparar contra el público en señal de protesta por lo «excesivamente literario» de la pieza.

Seguramente, muchos de vosotros habréis pensado – o es probable que os lo propongáis ahora como una digna salida a la crisis si un ERE os ha dejado en la calle -,  en convertiros en políticos. Los prerrequisitos no son muchos. No hay que aprobar ningún examen psicotécnico, así que si en el ejército os han dado la patada, nada sin embargo os impide encabezar la lista de algún partido. En caso de que tengáis menos de 50 años, quizá sí sería conveniente que tuviérais algo de pelo cubriendo vuestra sesera, porque las calvas dan muchos brillos en cámara. Pero por lo demás…

Y vayamos al grano, que el curso se alarga. Para convertirse en un buen político, sólo hay que conocer a dos autores, y ni siquiera hay que leerlos. Yo os resumo lo importante:

Nadie deja de comprender cuán digno de alabanza es el príncipe que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez; pero la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros tiempos, que son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada, envuelto a los demás con su astucia y reido de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado grandes empresas. […] Por lo tanto, un príncipe prudente no debe observar la fe jurada cuando semejante observancia vaya en contra de sus intereses y cuando hayan desaparecido las razones que le hicieron prometer. Si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno; pero como son perversos, y no la observarían contigo, tampoco tú debes observarla con ellos. Nunca faltaron a un príncipe razones legitimas para disfrazar la inobservancia. […] Alejandro VI nunca hizo ni pensó en otra cosa que en engañar a los hombres, y siempre halló oportunidad para hacerlo. Jamás hubo hombre que prometiese con más desparpajo ni que hiciera tantos juramentos sin cumplir ninguno […] No es preciso que un príncipe posea todas las virtudes citadas (piadoso, fiel, humano, recto), pero es indispensable que aparente poseerlas. Y hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y practicarlas siempre es perjudicial, y el aparentar tenerlas, útil.

Nicolás Maquiavelo (Florencia, 3 de mayo de 1469 – Florencia, 21 de junio de 1527) fue un diplomático, funcionario público, filósofo político y escritor italiano.

En su obra más famosa, “El principe”, aporta un valioso conocimiento sobre las formas en que se ha de gobernar al populacho, pero ya os lo compraréis cuando tengáis coche oficial para ir hasta la librería.

Nuestro segundo protagonista no tiene una obra concreta, pero fue el creador de la propaganda moderna y de él han llegado hasta nosotros sus 11 principios.

  1. Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
  2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
  3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.
  4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
  5. Principio de la vulgarización. Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.
  6. Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. De aquí viene también la famosa frase: «Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad».
  7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
  8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
  9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
  10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
  11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que piensa «como todo el mundo», creando una falsa impresión de unanimidad.

Paul Joseph Goebbels (29 de octubre de 1897 – 1 de mayo de 1945), político alemán, fue el ministro de propaganda de la Alemania Nazi, figura clave en el régimen y amigo íntimo de Adolf Hitler.

Como véis, están todos de rabiosa actualidad. En los pasillos del congreso, nuestros diputados suelen jugar a preguntárselos unos a otros por sorpresa. “¡Dime el 7!”

Con esto, ya es casi vuestra la butaca de cuero que los contribuyentes os mantendremos lustrada antes de cada sesión, aunque nunca aparezcáis por allí. Suerte.

Y ahora os calzo los retratos de los dos personajes, colleja ilustrada para aquellos que nunca habían creído en la reencarnación.

Joseph Goebbels

Joseph Goebbels

Nicolás Maquiavelo

Nicolás Maquiavelo

8 manzanillas, un plato de queso, otro de jamón, carne de cerdo y dos huevos fritos con patatas en una venta de Santa Lucía (Cádiz). Son 50 euros. Redondos.

La culpa es mía por tener cara de australiano. Por esas mismas consumiciones, la pareja con la que estoy sentado no hubiera pagado más de 20. Pero aunque nos quedamos mirando al camarero, que sostenía con profesionalidad un rostro impenetrable, allí no había tabla de precios a la que agarrarse. Así que pagamos y callamos. En realidad, 1100 kilómetros hacia el norte los precios son parecidos, y nunca tuve la esperanza de que me confundieran con los autóctonos.

Vejer de la frontera

No he encontrado una foto, pero desde allí se ve Vejer de la frontera

A dos minutos en coche hacia el este se encuentra La Muela. Según nos explican Sara y Antonello, allí no hay licencia de construcción que valga. Si quieres una casa, lo único que necesitas son ladrillos. Esperas al verano, que tiene un clima más agradecido, y los vas amontonando unos encima de los otros. De vez en cuando vendrá la pareja de la guardia civil y hará una pausa en el camino: “Buen trabajo, ese muro no va a haber quien lo tire”. Seguramente fueron juntos al colegio.

Haber nacido allí te da carta libre para irte hasta el final del pueblo, comprar un pequeño terrenito que nadie aprovecha, contratar los servicios de un zahorí, e instalarte una bomba que traerá a los grifos un agua que nunca conocerá el cloro. Si no fuera por la explotación incontrolada de los acuíferos y la inexistencia de un plan de urbanización que proteja los espacios naturales, esta estrategia constructiva hubiera salvado al país de la crisis y a los compradores de vivienda de pagar precios artificiales por un bien que es un derecho constitucional. Pero voy a intentar no mosquearme. El caso es que el pueblo crece de esa manera, como un tejido orgánico que se extiende a los lados de un par de caminos rudimentariamente asfaltados.

Sara y Antonello alquilaron por 350 euros una de esas casas, repararon los destrozos de los anteriores inquilinos – un matrimonio enganchado a la cocaína con tres hijos – y desde entonces se dedican al amor de sol a sol. La vecina suele ofrecerles de vez en cuando unos huevos que sus gallinas ponen de más, y en la carnicería no hay nada que necesite un transporte de más de 15 kilómetros. Ayer mataron un cochino y tienes morcilla. Por la tarde habrá lomo y costillas. El mayor problema es encontrar un trabajo en una zona donde el desempleo alcanza el 30%, pero siempre surge alguna cosa y piensan en alguna opción de autoempleo mientras cuidan los aloe vera, el naranjo, y entierran un par de plantas de albahaca.

Pregunté, pero ahora mismo no alquilan nada por los alrededores.

Desde 1929 hasta 1931, el pontevedrés Julio Camba trabajó como corresponsal en Nueva York. La ciudad automática es una recopilación de sus crónicas desde el otro lado del atlántico, desde una ciudad que disolvió las tramas imaginativas del movimiento futurista haciéndolas realidad.

Cubierta de La ciudad automática

Cubierta de La ciudad automática

Decía un poeta español que, en Nueva York, las estrellas le parecían anuncios luminosos. A mí, en cambio, los anuncios luminosos me parecen estrellas, y Nueva York, es, en mi concepto, una ciudad romántica, no a pesar de su brutalidad y de su codicia, sino por ellas precisamente. Por su brutalidad y su codicia, por su estridencia, por su violencia, por su culto de las catástrofes, por su sacrificio constante del pasado y del porvenir al momento presente, por la organización comercial de sus crímenes y por la organización criminal de sus negocios […] ¿Conciben ustedes nada más romántico -para poner un ejemplo concreto- que esto de prohibir las bebidas alcohólicas a fin de elevar a la categoría de delito el acto de tomarse un aperitivo?

Desde la publicación de este libro han pasado 75 años. Muertas las generaciones que lo descubrieron por primera vez en las librerías, han desaparecido también las miradas vírgenes, y sólo nos queda confiar en su testimonio. Dice Somerset Maugham en El filo de la navaja, que un escritor, por muchos años que viva fuera de su país, nunca podrá crear un personaje extranjero creíble. No creo que esa incompresión del ciudadano extranjero sea para nada infructuosa, sino que más bien ofrece la oportunidad de juzgar la obra de una sociedad extraña con la inocencia crítica del que no pertenece a ella.

Así, gracias a ti, yo he vivido en Nueva York en 1930, y te puedo decir que las cosas no son como eran. Leyéndote, se me ocurre que alguien podría haber adivinado hacia dónde iba todo, pero la oportunidad se ha perdido. Verás Julio: En mi última visita a tu ciudad, el crimen y el comercio se habían vuelto ya indistinguibles, eran dos hermanas mellizas y rubias que te la chupaban por veinte dólares, el aperitivo ilegal se transformó en un batido hipercalórico que te convertiría en diabético en tres años, y los poetas ya no podían buscar nada en el cielo porque sucumbieron a la producción en cadena y trabajaban bajo un tejado industrial fabricando letreros luminosos para pepsi-cola. Si aún quieres encontrar algo de romanticismo, hay que largarse a los suburbios. Allí todos -los ladrones, las adolescentes que quieren enamorarse, los mendigos del protestantismo y quizá algún poeta generoso, si los hay- viven del menudeo.

Y para saber todo esto, ni siquiera he tenido que coger un avión y atravesar el océano. Me lo he encontrado abriendo la puerta de casa.