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Archive for 26 marzo 2009

La ciudad automática

Desde 1929 hasta 1931, el pontevedrés Julio Camba trabajó como corresponsal en Nueva York. La ciudad automática es una recopilación de sus crónicas desde el otro lado del atlántico, desde una ciudad que disolvió las tramas imaginativas del movimiento futurista haciéndolas realidad.

Cubierta de La ciudad automática

Cubierta de La ciudad automática

Decía un poeta español que, en Nueva York, las estrellas le parecían anuncios luminosos. A mí, en cambio, los anuncios luminosos me parecen estrellas, y Nueva York, es, en mi concepto, una ciudad romántica, no a pesar de su brutalidad y de su codicia, sino por ellas precisamente. Por su brutalidad y su codicia, por su estridencia, por su violencia, por su culto de las catástrofes, por su sacrificio constante del pasado y del porvenir al momento presente, por la organización comercial de sus crímenes y por la organización criminal de sus negocios […] ¿Conciben ustedes nada más romántico -para poner un ejemplo concreto- que esto de prohibir las bebidas alcohólicas a fin de elevar a la categoría de delito el acto de tomarse un aperitivo?

Desde la publicación de este libro han pasado 75 años. Muertas las generaciones que lo descubrieron por primera vez en las librerías, han desaparecido también las miradas vírgenes, y sólo nos queda confiar en su testimonio. Dice Somerset Maugham en El filo de la navaja, que un escritor, por muchos años que viva fuera de su país, nunca podrá crear un personaje extranjero creíble. No creo que esa incompresión del ciudadano extranjero sea para nada infructuosa, sino que más bien ofrece la oportunidad de juzgar la obra de una sociedad extraña con la inocencia crítica del que no pertenece a ella.

Así, gracias a ti, yo he vivido en Nueva York en 1930, y te puedo decir que las cosas no son como eran. Leyéndote, se me ocurre que alguien podría haber adivinado hacia dónde iba todo, pero la oportunidad se ha perdido. Verás Julio: En mi última visita a tu ciudad, el crimen y el comercio se habían vuelto ya indistinguibles, eran dos hermanas mellizas y rubias que te la chupaban por veinte dólares, el aperitivo ilegal se transformó en un batido hipercalórico que te convertiría en diabético en tres años, y los poetas ya no podían buscar nada en el cielo porque sucumbieron a la producción en cadena y trabajaban bajo un tejado industrial fabricando letreros luminosos para pepsi-cola. Si aún quieres encontrar algo de romanticismo, hay que largarse a los suburbios. Allí todos -los ladrones, las adolescentes que quieren enamorarse, los mendigos del protestantismo y quizá algún poeta generoso, si los hay- viven del menudeo.

Y para saber todo esto, ni siquiera he tenido que coger un avión y atravesar el océano. Me lo he encontrado abriendo la puerta de casa.

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