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Archive for 28 abril 2009

Cuenta la historia que Cleopatra solía hacerse preparar un vino mezclado con opio, y que Alejandro Magno, allí donde llegaban sus ejércitos, hacía plantar campos de amapolas. Si bien el empleo de diferentes drogas en distintos pueblos y en distintas épocas ha sido algo habitual, podríamos aventurarnos a decir que existe un gremio que ha hecho un uso especialmente intensivo de ellas: El de los artistas; y quizá más que ningún otro grupo entre ellos, el de los escritores.

De ninguna manera pretendo transmitir la idea de que exisitiera un uso generalizado (aunque sí en alguna época y lugar como por ejemplo durante el romanticismo inglés, como luego veremos) o que éste no se practicara en otros gremios, pero me ha parecido especialmente interesante su relación con la literatura porque de una disciplina artística se esperan creatividad, evocación e innovación en el uso de las perspectivas y los puntos de vista, y existe un paralelismo evidente entre estas experiencias y las que puede proporcionar un estado alterado de conciencia.

Lo cierto es que el uso de las drogas nunca ha estado tan perseguido como en la actualidad, si obviamos su consumo en las sociedades chamánicas. Resulta extraño que durante el franquismo, acercándote a una simple farmacia, pudieras adquirir anfetaminas o morfina. O que hasta la república no hubiera problema en promocionar la cocaína en forma de distintos derivados. Curiosa es por ejemplo esta cuña de radio de 1933 que incentiva el consumo de esta sustancia mediante publicidad indirecta, ya que se acababa de legislar su prohibición:

La propia frase de Marx “La religión es el opio del pueblo” se ha maliterpretado y se le han incorporado connotaciones negativas que no tenía en su origen, cuando el consumo de opio era recetado por médicos como un alivio al sufrimiento.

Aquelarre - Francisco de Goya

Aquelarre - Francisco de Goya

Por ejemplo, Goya, a partir de una receta de láudano que intentaba tratar la dolencia que le llevó a la sordera, se convirtió en un opiómano, y hay quien atribuye a la adicción su misteriosa época negra. Pero puede que me haya excedido ya con la introducción.

Thomas de Quincey (1785 – 1859) se aficionó al opio en su juventud y la adicción, contra la que más tarde intentó luchar, le acompañó toda su vida. Dejó como prueba de su experimentación la famosa biografía Confesiones de un inglés comedor de opio. Se le atribuye un estilo excepcionalmente original para su época y una fantasía subversiva que chocó con el buen estilo de la burguesía inglesa. Escribe:

Aquí estaba, descubierto de un golpe, el secreto de la felicidad sobre el que disputaron los filósofos a través de las edades; la felicidad podía comprarse por un penique y llevarse en el bolsillo del chaleco, los éxtasis portátiles encerrarse con un corcho en una botella de medio litro, la paz del alma transportarse por galones en coches de correo.

Su obra y su relación con el opio influenció enormemente a escritores como Baudelaire o Edgar Allan Poe (algunos de cuyos personajes también la consumen), y junto con el poeta Coleridge, consumidor desde los 8 años, introdujo la relación entre droga y literatura entre los intelectuales de su siglo. Practicamente toda la generación romántica inglesa consumió opio y podemos destacar a Wilkie Collins, a Charles Dickens o a John Keats. Pero la lista de consumidores en el resto de Europa es también extensísima e incluiría por ejemplo a Goethe, a Pushkin o, ya más tarde, a Tolstoi o a Nietzsche. Este último, en realidad consumió morfina, un derivado del opio, y bajo sus efectos produjo “Así habló Zarathustra”.

En 1860, Baudelaire publicó el ensayo “Los paraísos artificiales”, en el que reúne una serie de artículos sobre sus experiencias con el alcohol, el opio, y algunos derivados del cáñamo. Considerado un gran vehículo de propaganda del hachís, el libro reavivó la preocupación de la iglesia por la posibilidad de que una planta pudiera ahorrar el valle de lágrimas que debe padecer el buen cristiano. Así, dice Baudelaire: “¿Qué sentido tiene trabajar, labrar el suelo, escribir un libro, crear y dar forma a lo que fuere, si es posible acceder de inmediato al paraíso?”. La iglesia debía de haber culpado a los ejércitos de Napoleón que, tras la conquista de Egipto, introdujeron en Francia las primeras partidas de hachís. Baudelaire fundó junto con Alejandro Dumas, Honoré de Balzac y Victor Hugo, entre otros artistas, el “Club de comedores de hachís”, que se reuniría regularmente entre 1844 y 1849.

El título del ensayo de Baudelaire se utiliza en la actualidad para referirse al uso de cualquier droga con el objeto de incentivar la creatividad artística y la invención de imágenes, pero ya Ramón del Valle Inclán lo emplea en su poema La pipa de Kif:

¡Verdes venenos! ¡Yerbas letales
De paraísos artificiales!

A todos vence la marihuana
Que da la ciencia del Ramayana

¡Oh marihuana, verde neumónica,
Cannabis índica et babilónica!

Abres el sésamo de la alegría,
Cáñamo verde, kif de Turquía

Yerba del viejo de la Montaña,
El Santo Oficio te halló en España.

Yerba que inicias a los fakires,
Llenas de goces y Dies Ires.

¡Verde esmeralda – loa el poeta
persa – tu verde vistió el profeta!

(Kif – yerba verde del persa – es
el achisino bhang bengalés.

Charas que fuma sobre el diván,
Entre odaliscas, el Gran Sultán)

Aunque de menor valor literario, resulta especialmente curioso el caso de Sir Arthur Conan Doyle , que alternaba el consumo de cocaína inyectada con el de morfina. El escritor proyectó este hábito en el personaje que le hizo inmortal, Sherlock Holmes. Así, en El signo de los cuatro, Watson relata la siguiente escena:

Una vez y otra había yo dejado constancia de mi promesa de que diría todo lo que pensaba acerca de ese asunto; pero las maneras frías y despreocupadas de mi compañero tenían un algo que lo hacían el último de los hombres con quienes uno siente deseos de tomarse nada que se parezca a una libertad… aquella tarde tuve la súbita sensación de que no podía aguantarme por más tiempo, y le pregunté:
-¿Qué ha sido hoy: morfina o cocaína?…
-Cocaína, en disolución al siete por ciento. ¿Le agradará a usted probarla?
-De ninguna manera -contesté con brusquedad-. Mi constitución física no se ha repuesto por completo aún de la campaña de Afganistán. No puedo permitirme el someterla a ninguna tensión anormal…

Publicidad del vino Mariani

Publicidad del vino Mariani

Aunque su consumo fue más casual y no se tiene constancia de que fuera empleado como vía de búsqueda literaria, merece reseñarse una invención de 1863, el Vin Mariani. El químico corso Angelo Mariani inventó una bebida que contenía vino y extracto de hojas de coca, y que producía un efecto estimulante aún más potente que el de la cocaína. Tuvo un gran éxito entre los artista e intelectuales europeos del momento y así, contamos entre sus seguidores a escritores como Emilé Zolá, Julio Verne o Henrick Ibsen.

Mucho más dramático fue el caso de Jacques Vaché, considerado por André Breton como el iniciador del surrealismo. Una sobredosis de heroína acabó con él en 1919, a los 24 años de edad, dejando como único legado una serie de cartas que André publicaría bajo el título de Cartas de guerra. Muestra de su carácter es la anécdota que relata que en 1917, vestido con un uniforme del ejército británico y empuñando una pistola, irrumpió en el teatro en el que se representaba Las tetas de Tiresias de Guillaume Apollinaire, amenazando con disparar contra el público en señal de protesta por lo «excesivamente literario» de la pieza.

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Seguramente, muchos de vosotros habréis pensado – o es probable que os lo propongáis ahora como una digna salida a la crisis si un ERE os ha dejado en la calle -,  en convertiros en políticos. Los prerrequisitos no son muchos. No hay que aprobar ningún examen psicotécnico, así que si en el ejército os han dado la patada, nada sin embargo os impide encabezar la lista de algún partido. En caso de que tengáis menos de 50 años, quizá sí sería conveniente que tuviérais algo de pelo cubriendo vuestra sesera, porque las calvas dan muchos brillos en cámara. Pero por lo demás…

Y vayamos al grano, que el curso se alarga. Para convertirse en un buen político, sólo hay que conocer a dos autores, y ni siquiera hay que leerlos. Yo os resumo lo importante:

Nadie deja de comprender cuán digno de alabanza es el príncipe que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez; pero la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros tiempos, que son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada, envuelto a los demás con su astucia y reido de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado grandes empresas. […] Por lo tanto, un príncipe prudente no debe observar la fe jurada cuando semejante observancia vaya en contra de sus intereses y cuando hayan desaparecido las razones que le hicieron prometer. Si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno; pero como son perversos, y no la observarían contigo, tampoco tú debes observarla con ellos. Nunca faltaron a un príncipe razones legitimas para disfrazar la inobservancia. […] Alejandro VI nunca hizo ni pensó en otra cosa que en engañar a los hombres, y siempre halló oportunidad para hacerlo. Jamás hubo hombre que prometiese con más desparpajo ni que hiciera tantos juramentos sin cumplir ninguno […] No es preciso que un príncipe posea todas las virtudes citadas (piadoso, fiel, humano, recto), pero es indispensable que aparente poseerlas. Y hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y practicarlas siempre es perjudicial, y el aparentar tenerlas, útil.

Nicolás Maquiavelo (Florencia, 3 de mayo de 1469 – Florencia, 21 de junio de 1527) fue un diplomático, funcionario público, filósofo político y escritor italiano.

En su obra más famosa, “El principe”, aporta un valioso conocimiento sobre las formas en que se ha de gobernar al populacho, pero ya os lo compraréis cuando tengáis coche oficial para ir hasta la librería.

Nuestro segundo protagonista no tiene una obra concreta, pero fue el creador de la propaganda moderna y de él han llegado hasta nosotros sus 11 principios.

  1. Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
  2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
  3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.
  4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
  5. Principio de la vulgarización. Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar.
  6. Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. De aquí viene también la famosa frase: «Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad».
  7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
  8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
  9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
  10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
  11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que piensa «como todo el mundo», creando una falsa impresión de unanimidad.

Paul Joseph Goebbels (29 de octubre de 1897 – 1 de mayo de 1945), político alemán, fue el ministro de propaganda de la Alemania Nazi, figura clave en el régimen y amigo íntimo de Adolf Hitler.

Como véis, están todos de rabiosa actualidad. En los pasillos del congreso, nuestros diputados suelen jugar a preguntárselos unos a otros por sorpresa. “¡Dime el 7!”

Con esto, ya es casi vuestra la butaca de cuero que los contribuyentes os mantendremos lustrada antes de cada sesión, aunque nunca aparezcáis por allí. Suerte.

Y ahora os calzo los retratos de los dos personajes, colleja ilustrada para aquellos que nunca habían creído en la reencarnación.

Joseph Goebbels

Joseph Goebbels

Nicolás Maquiavelo

Nicolás Maquiavelo

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La vida amable

8 manzanillas, un plato de queso, otro de jamón, carne de cerdo y dos huevos fritos con patatas en una venta de Santa Lucía (Cádiz). Son 50 euros. Redondos.

La culpa es mía por tener cara de australiano. Por esas mismas consumiciones, la pareja con la que estoy sentado no hubiera pagado más de 20. Pero aunque nos quedamos mirando al camarero, que sostenía con profesionalidad un rostro impenetrable, allí no había tabla de precios a la que agarrarse. Así que pagamos y callamos. En realidad, 1100 kilómetros hacia el norte los precios son parecidos, y nunca tuve la esperanza de que me confundieran con los autóctonos.

Vejer de la frontera

No he encontrado una foto, pero desde allí se ve Vejer de la frontera

A dos minutos en coche hacia el este se encuentra La Muela. Según nos explican Sara y Antonello, allí no hay licencia de construcción que valga. Si quieres una casa, lo único que necesitas son ladrillos. Esperas al verano, que tiene un clima más agradecido, y los vas amontonando unos encima de los otros. De vez en cuando vendrá la pareja de la guardia civil y hará una pausa en el camino: “Buen trabajo, ese muro no va a haber quien lo tire”. Seguramente fueron juntos al colegio.

Haber nacido allí te da carta libre para irte hasta el final del pueblo, comprar un pequeño terrenito que nadie aprovecha, contratar los servicios de un zahorí, e instalarte una bomba que traerá a los grifos un agua que nunca conocerá el cloro. Si no fuera por la explotación incontrolada de los acuíferos y la inexistencia de un plan de urbanización que proteja los espacios naturales, esta estrategia constructiva hubiera salvado al país de la crisis y a los compradores de vivienda de pagar precios artificiales por un bien que es un derecho constitucional. Pero voy a intentar no mosquearme. El caso es que el pueblo crece de esa manera, como un tejido orgánico que se extiende a los lados de un par de caminos rudimentariamente asfaltados.

Sara y Antonello alquilaron por 350 euros una de esas casas, repararon los destrozos de los anteriores inquilinos – un matrimonio enganchado a la cocaína con tres hijos – y desde entonces se dedican al amor de sol a sol. La vecina suele ofrecerles de vez en cuando unos huevos que sus gallinas ponen de más, y en la carnicería no hay nada que necesite un transporte de más de 15 kilómetros. Ayer mataron un cochino y tienes morcilla. Por la tarde habrá lomo y costillas. El mayor problema es encontrar un trabajo en una zona donde el desempleo alcanza el 30%, pero siempre surge alguna cosa y piensan en alguna opción de autoempleo mientras cuidan los aloe vera, el naranjo, y entierran un par de plantas de albahaca.

Pregunté, pero ahora mismo no alquilan nada por los alrededores.

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